Hay lugares que se visitan y otros que, sin proponérselo, cuentan una historia. Hacienda El Novillero pertenece a los segundos. Su memoria no comienza con el hotel ni con una sola familia: se hunde en la formación misma del territorio del Sumapaz, atraviesa la Colonia, la Independencia, las guerras civiles, el auge cafetero y las luchas campesinas, hasta llegar a la hacienda que hoy abre sus puertas a nuevos visitantes.
De las primeras estancias al enorme El Chocho
A comienzos del siglo XVII, cuando estas tierras hacían parte del Nuevo Reino de Granada, aparece Francisco Gómez de la Cruz, conquistador español y encomendero vinculado con Subia y Tibacuy. Las reconstrucciones regionales sitúan hacia 1608 estancias de ganado mayor asociadas a su nombre o al de su hijo homónimo. No fue el “fundador de El Novillero”, pero sí representa una de las primeras huellas coloniales conocidas de este amplio territorio.
Casi dos siglos después, Juan Jerónimo Liévano fue reuniendo distintas porciones de tierra hasta consolidar la gran Hacienda El Chocho. Aquel universo rural llegaría a abarcar aproximadamente 23.850 fanegadas y funcionaría como un sistema de estancias, casas, caminos y centros productivos. Dentro de ese territorio, El Novillero fue adquiriendo identidad propia.
Una casa que vio pasar la historia
Las antiguas reseñas de Fusagasugá vinculan el territorio de El Novillero con los primeros años de la villa: de estas tierras habrían salido madera y paja para algunas de sus construcciones. Más tarde, durante los años convulsos de la Independencia, la memoria histórica relaciona El Novillero con Antonio Nariño —mencionado como huésped e incluso residente en una de las reseñas—, con sus hermanas, Camilo Torres y el general París. El lugar aparece así no solo como espacio rural, sino también como refugio en tiempos de persecución política.
1876: la batalla llegó hasta la casona
El 9 de febrero de 1876 la guerra llegó literalmente a El Novillero. El general Francisco Asís Mogollón se apostó con cerca de 300 hombres en la casona y detrás de sus cercas de piedra. Los rebeldes, comandados por Juan Ardila y Lucio C. Moreno, sitiaron la posición hasta verse obligados a retirarse por falta de pertrechos. El episodio, conocido como la Batalla de El Novillero, confirma que para entonces ya existían una casa principal y unas cercas de piedra suficientemente importantes para convertirse en posición militar.
Los Caballero: café, trabajo y una economía propia
A finales del siglo XIX, Ángel María Caballero adquirió El Chocho. Con la siguiente generación, el enorme patrimonio funcionó a través de distintas haciendas y centros de trabajo. La administración principal se ubicaba en la casona que después sería conocida como el Club del Bosque; Los Puentes, en Silvania, era un punto clave para comercializar el café; y El Novillero aparece descrito como almacén y casa de trabajo. Los materiales históricos mencionan además unidades como La Palma, Bethania y Coloma dentro de aquel universo patrimonial.
La escala de la operación era extraordinaria. Se producía café, se desarrollaban actividades ganaderas, agrícolas y madereras y cientos de familias vivían y trabajaban dentro del sistema. Circulaba incluso una moneda interna, el medio real, utilizada en transacciones y en el comisariato de la hacienda. Había reglamentos de trabajo y una organización cotidiana que hacía de El Chocho casi un pequeño mundo rural dentro del Sumapaz.

Cuando la tierra empezó a cambiar de manos
Ese modelo también produjo inconformidad. Antes de 1928 los arrendatarios ya se organizaban para reclamar el fin de trabajos no remunerados y mayor libertad para vender sus cosechas. Un dato conservado por las fuentes resume bien la tensión: la carga de café debía venderse dentro de la hacienda a $0,16, mientras en Fusagasugá podía alcanzar $0,24. Poco a poco, el reclamo dejó de ser únicamente por mejores condiciones de trabajo y se convirtió en una pregunta por la propiedad misma de la tierra.
En la década de 1930, Jorge Eliécer Gaitán y Erasmo Valencia aparecen apoyando y asesorando movimientos campesinos de la región. El gigantesco El Chocho terminó fragmentándose en más de mil parcelas. El proceso transformó el paisaje social del Sumapaz y estuvo estrechamente relacionado con el surgimiento de Silvania en 1935. Algunas antiguas unidades, sin embargo, conservaron continuidad. Entre ellas permaneció Hacienda El Novillero.

1969: un nuevo capítulo
En 1969 Enrique Acuña adquirió Hacienda El Novillero a la familia Caballero. La propiedad continuó siendo un espacio rural y productivo y, al mismo tiempo, un lugar de descanso y encuentro familiar. Con los años, una empresa de inversiones asumió su continuidad y comenzó a plantearse cómo conservar este patrimonio y darle una vocación sostenible hacia el futuro.
El Novillero de hoy
La respuesta fue abrir progresivamente la Hacienda. La antigua casa comenzó a recibir huéspedes, celebraciones y visitantes, mientras el campo siguió siendo parte esencial de su identidad. Hoy El Novillero conserva 87 hectáreas, aproximadamente 35 de ellas forestales, y combina actividad agropecuaria con hotelería, restaurante, eventos, gastronomía y experiencias de naturaleza.
Caminar hoy por sus corredores y jardines es hacerlo sobre un territorio que ha cambiado muchas veces sin perder del todo su memoria. El Novillero no busca convertirse en un museo inmóvil. Su nueva etapa consiste precisamente en seguir vivo: conservar el paisaje, recuperar su historia y permitir que quienes llegan puedan disfrutar —aunque sea por unos días— de la experiencia de una hacienda en el corazón del Sumapaz.
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