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Las enfermedades inflamatorias de la piel son más sensibles a las condiciones de estrés psicosocial y climatológicas. Estudios clínicos muestran que el estrés puede agravar la psoriasis y la dermatitis atópica, generando brotes más severos y prolongados en períodos de alta demanda laboral y alteraciones del descanso, como suele ocurrir al iniciar un nuevo año laboral. El estrés sostenido está asociado con un incremento de síntoma pruriginoso y otras manifestaciones cutáneas, lo que conlleva mayor morbilidad dermatológica y peor calidad de vida para las personas afectadas.

La dermatitis atópica, una de las patologías cutáneas más frecuentes a nivel mundial, afecta aproximadamente a hasta 20% de los niños y entre 5% y 10% de los adultos, con variaciones geográficas y por edad. Esta condición inflamatoria crónica genera sequedad intensa, picazón y enrojecimiento, y puede mostrar exacerbaciones en épocas como enero, cuando la humedad ambiental es baja y las defensas cutáneas están comprometidas. En Colombia, según datos de asociaciones dermatológicas, la prevalencia de dermatitis atópica se sitúa en alrededor del 9% en adultos y 12% en adolescentes, lo que la convierte en un motivo frecuente de consulta clínica.

La psoriasis es otra enfermedad dermatológica que puede reactivarse en situaciones de estrés y cambios climáticos. A nivel global se estima que esta condición crónica inflamatoria afecta aproximadamente entre 2% y 4% de la población, con una considerable carga de enfermedad. En Colombia, estudios epidemiológicos reportan que la prevalencia aumenta con la edad, alcanzando cifras de hasta casi 0,2% en adultos de 65 a 69 años, lo que refleja que el envejecimiento de la población puede influir en la demanda de atención dermatológica. La psoriasis tiende a agravarse en estaciones secas y frías, y se ha documentado que el estrés y otros factores psicosociales están estrechamente relacionados con la intensidad de los síntomas inflamatorios, incluida la prurito y el eritema.

La rosácea, otra afección crónica de la piel especialmente sensible a estímulos externos, registra brotes con más frecuencia frente a cambios ambientales como temperatura extrema, radiación ultravioleta, exposición al aire acondicionado y tensión psicológica prolongada. Aunque la prevalencia precisa en Colombia es menos documentada que en otros países, estudios clínicos en población latinoamericana han identificado que la rosácea constituye una parte significativa de las enfermedades inflamatorias de la piel atendidas en consulta dermatológica, con antecedentes familiares presentes en cerca del 16% de los casos estudiados y con factores desencadenantes ambientales y emocionales relevantes.

Los efectos del estrés no son exclusivamente físicos; investigaciones recientes indican que cerca de 39,4% de los pacientes con enfermedades cutáneas crónicas presentan estrés significativo asociado a su condición, lo que puede potenciar ciclos de brotes y empeorar el pronóstico si no se interviene de manera integral con manejo médico dermatológico y apoyo emocional.

Entre las recomendaciones clave de los especialistas se encuentran la evaluación profesional dermatológica antes de introducir nuevos productos cosméticos, el uso de hidratantes que restauren la barrera cutánea, evitar ingredientes irritantes en pieles sensibles, limitar la exposición prolongada a aire acondicionado, y manejar factores de estrés mediante hábitos de sueño saludables y técnicas de relajación. La identificación temprana de brotes permite un manejo terapéutico más efectivo, reduciendo la necesidad de tratamientos más agresivos y disminuyendo el impacto en la calidad de vida de los afectados.

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